BICIMENSAJERO: NO HAY PEOR INVENTO QUE LA SOLEDAD

Por: Javier Erró* 

“Nadie sale. Parece que cuando llueve en México, lo único posible es encerrarse en guerra mínima a pensar los ochenta minutos de la hora en que es hora de lágrimas…”: Rubén Bonifaz Nuño.

Es cierto, la lluvia cae a destiempo y todos corren, descubren la fraternidad debajo de un paraguas, debajo de algún cartón o bolsa de plástico y apenas son las siete de la noche.

El cielo amenaza insistentemente con seguir lloviendo y avanzo a velocidad media sobre avenida Cuauhtémoc sabiendo que pronto daré la vuelta sobre calle Puebla, porque paradójicamente debo recoger la lavandería de alguien que vive a 8 kms de distancia en algún lugar de otro país llamado Polanco.

Mientras avanzo y la lluvia molesta mis ojos, río un poco y lanzo gritos de euforia, pues mientras alguien espera su ropa limpia y perfumada, yo mojo y ensucio la mía. Sí, así es este oficio que no para ante las inclemencias del clima y como buenos oficiantes, nos armamos hasta los dientes para no perecer en el camino.

Casco, luces, impermeable, pero sobre todo: ojos y mente bien abierta. Todos los sentidos al máximo. Bicicleta en óptimas condiciones y de remate, pero no por eso menos importante: memoria.

Sí, repitiendo la dirección de entrega y buscando en los recuerdos durante todo el trayecto, cada atajo aprendido, cada sentido contrario bien sorteado y cada bache al que sobrevivo, rendirán los frutos que preciso para salir victorioso en esta tarea.

Puebla 18. Pago la cantidad necesaria para que me sea entregada la carga y de inmediato ordeno cada prenda en la mochila. Ocho voluminosos kilos de reto. Avanzo como puedo hacia Avenida Chapultepec y giro sobre Nápoles, para virar hacia la izquierda sobre Liverpool y así, esquivar un edifico en proceso de derrumbe.

La naturaleza no perdona, me digo mientras llego a Insurgentes. Cruzo y prosigo sobre Liverpool para incorporarme a Londres y volver a salir a Avenida Chapultepec. Mi meta es llegar a Juan Racine ciento y algo, evitando el desnivel de Lieja y a toda costa el tráfico de Reforma, pues entre el granizo y el agua ocultando los baches, es mejor evitar a toda costa quedar atorado en algún declive.

De un pedalazo a otro, Mariano Escobedo está a la vista mientras pienso que lo ideal es recorrer todo Homero y honrar un poco mi trabajo recordando alguna frase que aprendí estudiando en teatro a los griegos: “llevadera es la labor cuando muchos comparten la fatiga”. Homero, sí.

Y como en la calle no hay peor invento que la soledad, avanzo seguro de que en algún otro punto de la ciudad, mis compañeros realizan sin más, nuestro trabajo, nuestra elección, nuestra afrenta diaria contra este rugir de motores.

La ropa limpia, muy bien planchada y seca, fue entregada. Y antes de volver a “Zona Cero”, me repito (también de Homero): “ni el hombre más aguerrido puede luchar más allá de lo que le permiten sus fuerzas”. O dicho de otro modo, soy mi propia limitación. Pero por hoy, ni la lluvia ni el tráfico ni el frío o la oscuridad, pueden pararme.

*Javier Erró es bicimensajero y cada semana nos comparte una historia sobre el mundo de la bicimensajería.

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